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Entonces, ¿quien puede montar una bicicleta?
por Michael Linke
Si alguna vez intentó con mucho esfuerzo impresionar a alguien con quien se citó, me comprenderá. Mi “cita”, en este caso, fue también una colega del área de “bicicletas para el desarrollo”. Nos encontramos en una conferencia, y luego de un mes ella tomo un tiempo libre para visitar a uno de los nuevos socios de mi organización en Namibia del Norte. En una atmósfera de ansiedad adolescente y curiosidad profesional, tuvimos que manejar cinco días para descubrir el potencial de las futuras colaboraciones de todo tipo. También teníamos una camioneta pick-up llena de bicicletas refaccionadas, que habían pertenecido a los servicios postales reales del Reino Unido, para ser distribuidas a una pequeña aldea.
Había recibido un correo electrónico de la fundadora del proyecto, una lugareña que había crecido en la aldea, quien impresionada por el impacto del VIH/SIDA en una generación de gente joven de su comunidad, a su regreso de una ciudad cercana decidió poner en práctica en su aldea alguna de las habilidades y recursos allí adquiridos al emprender pequeños negocios. Así, estableció un centro de asistencia para niños huérfanos y vulnerables (OVC, por sus siglas en inglés), que parte de una creciente red de proyectos locales similares en Namibia. Ella solicitó bicicletas a mi organización para el uso de su equipo de voluntarios dedicados al cuidado de niños.
Luego de una bienvenida oficial con la canción y baile y discursos de rigor, empezamos a recolectar información de los receptores de estas bicicletas. Estos cuidadores a nivel de aldea eran responsables de monitorear a un grupo de varios cientos de OVCs, que eran parte de los 100,000 niños sin padres de Namibia.
Decidimos utilizar un ejercicio de mapeo participativo para recolectar la información de transporte. La labor que demandaba más tiempo en las actividades del centro de asistencia era el acopio de leña, que se efectuaba llevando la carga en la cabeza desde un área del mapa designada como “demasiado arenosa para una bicicleta”. Pero no había que preocuparse, pues muchas de las otras tareas si podían realizarse en bicicleta, ¿verdad? Bueno, en teoría… Pero cuando mi acompañante preguntó, “¿quienes pueden montar bicicleta?” De las diez personas en el grupo de discusión, 9 de ellas mujeres, sólo una había tenido anteriormente una bicicleta (el hombre, por supuesto), y sólo una de las mujeres sabia realmente montar una bicicleta.
La siguiente pregunta. “¿Cual es tu medio ideal de transporte?” La traducción al lenguaje local. La concesión entre los miembros del grupo. La ola de acuerdos, la confluencia de sílabas y el consenso. La traducción: “Ellos realmente desean carretas tiradas por burros”.
¿Por qué desconocía todo aquello antes de consolidar esta sociedad con el excedente de un recurso largamente no deseado? ¡Cowboy del desarrollo, presumido, bufón! Yo me había basado demasiado en una sola fuente de información, asumido un alto nivel de conocimiento acerca de las necesidades del proyecto y seguí adelante. La fundadora del proyecto, a quien admiro y respecto, también había formulado algunos supuestos, y dado que yo la admiraba y respetaba, no pensé en cuestionarla.
Recientemente escuché un consejo acerca de cómo afrontar las limitaciones de tiempo en el campo, consejo brindado por un defensor de la evaluación rural rápida realizada por consultores ubicados en otros continentes. “Simplemente hable con la persona correcta”. En este caso, yo había pensado que la lugareña que fundó la organización podía ser la persona correcta. Efectivamente, para alguna información, si lo era. También su equipo de voluntarios en la aldea era el correcto, pero desde mi oficina a 750 km de distancia, no había manera de comunicarme con ellos. Sólo el hecho de pasar el tiempo con un montón de gente diferente involucrada en el tema, nos permitió ver que las bicicletas no solucionarían todos los problemas de transporte de este proyecto.
Esta asociación lanzó otro tema al cual nos enfrentamos constantemente: crear un sentido de propiedad. Promover la propiedad de una bicicleta no es sólo mantener la cadena bien aceitada. En el caso de las mujeres de Namibia, que trabajan como voluntarias extensionistas, puede significar tener la seguridad de negarle a un marido autoritario el derecho a usar o vender la bicicleta cuando lo desee. Anteriormente, no se había discutido el tema de la propiedad en este proyecto, y pronto se hizo evidente que la gente de esta aldea tenia ideas conflictivas al respecto. Todos habían asumido que las bicicletas permanecerían en la guardería infantil, y nadie se mostró receptivo a nuestra sugerencia de apropiarse de una bicicleta, lo cual no sólo beneficiaría sus vidas sino también mejoraría el cuidado de las bicicletas, ya que el dueño sería el responsable de su mantenimiento.
Como parte de nuestras operaciones, vendemos bicicletas a precios subsidiados a pequeños empresarios de la comunidad. No obstante, no pedimos ningún pago si las bicicletas se destinan a los voluntarios de los servicios de salud de la comunidad. Actualmente, para tratar el tema de la propiedad, nos pasamos varias horas discutiendo con cada beneficiario, esforzándonos por aclararles el vínculo entre su trabajo voluntario y el recurso que reciben, así como por abordar los problemas y preocupaciones que ellos tienen respecto a su nuevo activo.
En una discusión reciente acerca de las estrategias de propiedad, un colega me llamó la atención por no cobrarles las bicicletas a los voluntarios. “Pero”- protesté- “Si las NU decidieran que mi trabajo fue valioso y me compraran una 4x4 para ayudarme a mejorar mi desempeño, yo estaría muy agradecido por el reconocimiento. Estaría más motivado en mi trabajo, sabiendo que nunca mas me quedaría atollado en la arena camino a las aldeas y, además, me sentiría orgulloso por haber sido premiado con un equipo de tanta utilidad”.Además, argumenté que son hombres los que controlan la mayor parte del ingreso familiar, son hombres a quienes las voluntarias tendrán que solicitar dinero para comprar sus bicicletas y, más aún, son hombres quienes sentirían que ese activo les pertenece.
De vuelta en la aldea, la historia tuvo un final prometedor. Regresamos al día siguiente y encontramos que un niño con malaria había sido llevado a la clínica en la canasta delantera de una de las bicicletas. El viaje usualmente hubiese tomado 45 minutos y el niño habría tenido que ser cargado, pero con la bicicleta tomó sólo15 minutos y fue mucho más cómodo. Además, un gran número de no-ciclistas había progresado rápidamente en sus primeros pedaleos. Pude mirar a mi “cita” a los ojos nuevamente, y me pregunto si ella vio algún potencial, ya que aún estamos colaborando de muchas maneras.
Esta opinión fue una contribución Michael Linke, Ben Bikes de Namibia.
Contacto: michael@benbikes.co.za
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